Efectividad de la educación

La educación en nuestro país se ha convertido en un tema de creciente preocupación. Se ha señalado como la raíz o causa de todos nuestros problemas, culturales, políticos, sociales, éticos, etc.; pero a la vez se señala como la solución para resolver todos los problemas. Con esto se puede intuir un concepto de “educación mala” y otro de “educación buena”. Decimos que existe una educación mala, ateniéndonos a sus resultados, en la medida que conduce al egoísmo, a la servidumbre alienante, la desigualdad en todos los campos, a la atrofia del pensamiento crítico y creativo, a la búsqueda de beneficios y privilegios personales a cualquier precio y a la impunidad de los poderosos. Sin embargo, una buena educación es todo lo contrario; promueve la participación igualitaria, la justicia para todos, la creatividad, el crecimiento como persona digna, sujeta a derechos y obligaciones sociales, que adquiere destrezas comunicativas y éticas, que respeta y es tolerante.

 

La educación es la disciplina humana más demandada en la actualidad. Todos sabemos que la educación es la clave del progreso, pero nadie sabe qué hacer con ella, cómo abordarla. Se dice que hay que invertir más en ella, dotar de mejores infraestructuras, un computador por alumno, conexión por internet con todos los centros educativos, merienda escolar, educación inclusiva, innovación educativa, aprendizaje por proyectos, socio-constructivismo, protagonismo del estudiante, aprendizaje por problemas, educación en valores, reforma educativa, etc. Existe muchas recetas de lo que hay que hacer en educación, pero los resultados siguen siendo los mismos. Todos tenemos la sensación que la educación en nuestro país no avanza. Vemos, sobretodo en el nivel universitario, que los estudiantes terminan sus carreras de la misma manera de cómo comenzaron: cultura general muy pobre, graves debilidades para la redacción, desconocimiento de la lengua guaraní, informalidad de trato, escasa formación científica o matemática, sin cultura crítica y con todos los antivalores asumidos de una sociedad individualista, consumista, alienante y corrupta.

 

Con todo esto surge la necesidad de evaluar nuestra educación en todos los niveles; la necesidad de clarificar sus objetivos y exigir resultados, tangibles o intangibles, pero reales; existe la necesidad de que la educación recupere su finalidad, su rol y su esencia, que es la trasformación de individuos y sociedades en un orden más humano, libre, igualitario, justo y fraterno.

 

Más que nunca, hoy la evaluación cumple un plan protagónico, pues nos dará las luces para ver por donde se ha caminado últimamente. Se trata de ir avanzando por una educación en la responsabilidad, que sea efectiva y arroje resultados reales. Esto tiene dos vertientes; es normal que el docente exija resultados al estudiante, de modo que lo pueda evaluar y dar cuenta de su aprendizaje; y, también, el estudiante debe exigir al docente su aprendizaje, la adquisición de nuevos conocimientos o la asimilación de nuevas destrezas o habilidades. A esto se suma el rol institucional que vela para que esta dialéctica de exigencia mutua de resultados se haga efectiva. De esta manera, la educación recuperará su efectividad y será un instrumento que implemente efectivamente el cambio trasformador que nuestra sociedad necesita.

 

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